miércoles, 30 de noviembre de 2011

Sentimiento del toreo

Las personas que asisten a una corrida de toros no van a divertirse, van a emocionarse. Es difícil divertirse cuando estás viendo a un hombre enfrentarse a un animal más grande, más fuerte y armado con unos cuernos afilados como cuchillos.
La emoción no se consigue cada tarde o, mejor dicho, con cada faena. También es difícil emocionarse, puesto que no siempre se es capaz de llegar al corazón con los movimientos de la muleta, o el capote.
Pero cuando esa emoción llega te produce una sensación indescriptible, que sólo algunos sentimos y sobre todo, entendemos.
Esa sensación no sólo la produce el torero, es más, yo creo que el toro es el principal culpable de ello. Es increíble como un animal tan robusto, o violento por decirlo de alguna manera, se mueve de esa forma tan delicada, dibujando un círculo con la muleta del torero, y con el son de un pasodoble. Como digo es indescriptible, y desgraciadamente esto no lo entiende todo el mundo. Pero el toro es un animal que nos hace felices, y nos hace sentirnos bien.
El toreo es arte porque con el toro, el torero expresa algo que sale de su alma. El toro y el torero están unidos, porque comparten un alma, algo que no pertenece a nuestro mundo, y que sólo ellos entienden...
Pero que quede clara una cosa... No todos los toreros están unidos al toro de esa manera...

Este vídeo muestra la perfecta unión entre toro y torero. La bravura de los toros y la valentía de los toreros, hacen maravillas...

sábado, 26 de noviembre de 2011

Toreo: Arte, Cultura y Tradición

Para conseguir el Arte:

Si el pintor tiene el pincel y el lienzo...
Si el escultor tiene el cincel y la piedra...
Si el arquitecto tiene el martillo y la piedra...
Si el escritor tiene el lápiz y el papel...
Si el músico tiene el instrumento y la partitura...
Si el bailarín tiene los pasos y la música...
Si el director tiene la cámara y la escena...
El torero tiene la muleta y el toro...



miércoles, 16 de noviembre de 2011

Muerte en el ruedo

Me criaste, me cuidaste con esmero, me diste el mejor alimento que podría recibir, me curaste las heridas... Me diste todos los cuidados que necesitaba y me mimaste como un auténtico rey. Pero llegó el día en el que descubrí cual era mi verdadero destino en este mundo. Un destino que decidiste tú.
El lugar en el que me dejaron me resultaba cómodo. Estaba con mis hermanos y teníamos alimento. Pero no estaba en casa, y había mucho jaleo sobre nuestras cabezas. Cuando nos separaron empecé a tener miedo me dirigieron a un lugar oscuro, estaba cerrado y no sabía lo que iba a pasar, pero en mi interior mi alma brava estaba preparada para luchar, para defenderme.
No recuerdo cuanto tiempo estuve encerrado, pero no fue mucho. Escuchaba como mis hermanos salían de sus respectivos lugares, hasta que llegó mi momento.
Me abrieron la puerta y por el oscuro pasillo de los corrales me dirigí hacia la amarillenta arena del albero. La luz del Sol me deslumbró unos breves instantes y estaba bastante distraído. De repente me encontré un hombre frente a mí, que me provocaba y quería que fuese hacia él. Al principio no le hice caso, pero luego comprendí lo que tenía que hacer. Embestía cuantas veces me citaba, hasta que decidió parar. Resoplé y dirigí mi mirada hacia unas puertas que se abrían. De allí salieron dos caballos, pero otro hombre me citó para que no fuera hacia ellos. Aunque después fue él mismo el que me dirigió a uno de esos caballos para que le embistiera con todas mis fuerzas. Al hacerlo sentí en mi cuerpo un intenso dolor. Eso hizo que mis patas delanteras fallaran, por lo que estuve a punto de caer al suelo. No me importaba lo que me estaban haciendo, lucharía hasta el final, aguantaría como mi instinto me dictaba que hiciera.
Posterior a ese momento, los caballos se retiraron del ruedo y volvieron por la puerta de donde habían salido. Estaba preparado para cualquier cosa que se me presentara en mi camino. Y esa cosa llegó. Un hombre con unos palos en la mano me llamó la atención para que fuese hacia él. No conseguí pillarlo y me clavó esos palos en el lomo, los cuales me hicieron daño al tocar mi anterior herida. Lo hicieron dos veces más, pero ese dolor se fue apagando cuando empecé a luchar contra el hombre que me citó al principio. No me sentía débil, al contrario, sentía cada vez más fuerza en mi interior que me impulsaba hacia la embestida contra aquel trapo rojo. Pero después de unos momentos noté que mis fuerzas empezaban a flojear, no lo entendía, yo quería seguir pero mi cuerpo no.
Mi hora había llegado. El hombre cogió el afilado acero con el que iba a acabar con mi vida. Me dio unos pases para que me quedase colocado, frente a él mi último resoplido fue acompañado por un gran silencio en aquel inmenso lugar. Mis ojos miraban la frente sudorosa de aquel hombre. Había miedo, pero a la vez valor.
Con un grito desgarrador se lanzó contra mí, al mismo tiempo que yo me arranque hacia él. Él o yo. Fui yo el derrotado, el que recibió el frío acero en su cuerpo. Mi alma se apagaba, mientras los hombres de su cuadrilla intentaban hacer que yo cayese, vencido. Aguanté, hasta que no pude más. Mis patas se doblaron lentamente, hasta llegar a tocar la arena del ruedo. El hombre que me dio muerte me miró a los ojos. En ellos veía agradecimiento hacia mí. No sonreía, pero alzaba sus manos en señal de victoria. Mi alma abandonaba el mundo terrenal para alcanzar el paraíso. Se acabó.
Fuiste tú, el hombre que me vio nacer, el hombre que me vio crecer. Tú me diste muerte. Yo soy el que te agradezco esa vida. Y yo mismo soy el que te perdono. No sé guardar rencor, sólo se agradecer lo que me han dado. Mi vida ha sido corta, pero con los mejores cuidados que se puedan tener. Antes de dejar este mundo te miro a los ojos y sé que has hecho lo posible por salvar mi vida. Aunque no ha sido suficiente.
Mi cuerpo sin vida es arrastrado por el ruedo. Entre aplausos las mulas me dan la vuelta completa a ese gran círculo. Te perdono, y sé que tú me lo agradeces.